Imagina que estás en la...
Leer más...Cuando pensamos en cambiar de hábitos, solemos enfocarnos en la acción: comer mejor, hacer ejercicio, dejar de procrastinar. Pero, ¿qué pasaría si te dijera que el verdadero cambio no comienza con lo que haces, sino con lo que sientes?
Hoy quiero contarte la historia de una paciente que llegó a consulta frustrada porque, tras una cirugía bariátrica, su relación con la comida no había mejorado como esperaba. A esta paciente la llamaré Estela (para así proteger su privacidad).
Como muchas personas que se someten a esta operación, pensó que el cambio en su cuerpo traería consigo un cambio automático en su relación con la comida. Sin embargo, con el tiempo, se dio cuenta de que algo no encajaba: aunque había perdido peso inicialmente, su ansiedad por la comida seguía ahí. Seguía teniendo antojos constantes por el dulce, sufría de atracones por la comida y su peso comenzó a aumentar nuevamente.
Cuando intentó buscar ayuda, se encontró con un obstáculo inesperado.
Como parte de su paquete postoperatorio, asistió a las terapias psicológicas que estaban incluídas en su cirugía, pero la experiencia fue decepcionante. La trataron mal y la hicieron sentir juzgada y culpable de lo que ella vivía. Aunque sabía que necesitaba apoyo, lo que había vivido la hizo desconfiar aún más de buscar ayuda profesional.
Fue entonces cuando me contactó por recomendación de otra paciente.
En nuestra primera consulta, su objetivo era claro: quería cambiar su alimentación para no recuperar el peso perdido.
Pero el problema no era solo la comida, sino su historia emocional.
EL ERROR DE PENSAR QUE LA CIRUGÍA LO CAMBIA TODO…
Muchas personas creen que la cirugía bariátrica resolverá automáticamente sus problemas con la comida y el peso, como si el cambio de hábitos estuviese incorporado. Lo que no entienden es que lo que cambia es solo el tamaño del estómago, no la relación en sí con la comida ni sus emociones asociadas. Si la raíz del problema sigue intacta, los hábitos alimentarios regresan y, con ellos, el riesgo de recuperar el peso perdido.
Estela esperaba que el trabajo psicológico se enfocara en cómo dejar de comer ciertos alimentos o controlar los impulsos.
Pero mi enfoque era diferente: no se trataba de imponerle reglas, sino de ayudarla a comprender por qué su ansiedad la hacía recurrir a la comida.
Los hábitos no cambian con fuerza de voluntad, sino con estabilidad emocional.
El problema no era la comida en sí, sino lo que representaba en su vida. A lo largo de nuestras sesiones, exploramos su historia y patrones emocionales. La ansiedad, el estrés y las heridas no resueltas la llevaban a usar la comida como un refugio. Intentar modificar su alimentación sin abordar esto era como tratar de llenar un balde con agua cuando el fondo tiene un agujero.
Cuando comenzó a gestionar sus emociones, su alimentación cambió sin tanto esfuerzo. Los antojos disminuyeron, los atracones se hicieron menos frecuentes y dejó de recurrir a la comida para calmar su ansiedad.
La ciencia detrás del cambio de hábitos y la neuroplasticidad
Este proceso no es magia, es ciencia. El cerebro tiene la capacidad de reestructurarse y formar nuevas conexiones neuronales a través de un fenómeno conocido como neuroplasticidad, como lo explica Harvard Health y otros estudios científicos.
Las investigaciones recientes demuestran cómo los hábitos pueden modificarse a través de la reorganización de circuitos neuronales. Cuando una persona está bajo estrés crónico, el cerebro prioriza respuestas automáticas en lugar de decisiones conscientes. Esto explica por qué, ante la ansiedad o el malestar emocional, buscamos lo que nos brinda placer inmediato, incluso si a largo plazo es dañino (como los atracones o el consumo excesivo de azúcar).
Cuando se trabaja en la regulación emocional esto ayuda a debilitar las conexiones neuronales asociadas a hábitos dañinos y fortalecer las nuevas conexiones.
Es decir, no se trata de eliminar un hábito con fuerza de voluntad, sino de reconfigurar el cerebro para que ese hábito pierda su poder.
Esto fue exactamente lo que ocurrió con Estela: al reducir su ansiedad emocional, la comida dejó de ser su escape y sus hábitos empezaron a cambiar sin que ella tuviera que forzarlo.
Ahora, no quiero que esto suene como si el cambio ocurriera sin esfuerzo. Porque sí hubo, solo que su verdadero reto no fue modificar su alimentación, sino enfrentar sus emociones.
Trabajar en su historia personal, enfrentar sus traumas, reconocer lo que realmente sentía… Ese fue su mayor reto.
Muchas veces lloró en consulta, se resistió a mirar ciertos aspectos de su vida, tuvo que tomar decisiones difíciles.
Pero fue a través de este trabajo interno que su relación con la comida empezó a transformarse.
Cuando comenzó a notar estos cambios, sintió un alivio enorme. Se sentía más tranquila, más ligera internamente y, sobre todo, en control de sí misma, porque el cambio de hábitos vino desde la raíz emocional.
Fue en este punto cuando tomó la decisión consciente de buscar la doctora Rosario Guzmán, médico nutricionista, para recibir apoyo nutricional, pero no desde la desesperación, sino desde la tranquilidad de saber que ahora podía manejar mucho mejor su alimentación.
No necesitas más disciplina, necesitas comprender tu mente.
Si alguna vez has intentado cambiar un hábito y has fallado, no significa que te falta disciplina. Significa que sigues tratando de cambiar el síntoma sin abordar la raíz del problema.
Los hábitos no son el problema, son la consecuencia de lo que sientes, de lo que piensas y de cómo has aprendido a manejar tus emociones.
Si sientes que, a pesar de intentarlo una y otra vez, sigues atrapado en los mismos patrones, tal vez el problema no es tu hábito, sino la historia que hay detrás de él.
Trabajemos en lo que realmente importa, el cambio de hábitos.
Cambiar hábitos es un proceso profundo. No se trata de imponer reglas rígidas o seguir métodos estrictos, sino de transformar tu relación contigo misma/o y con tus emociones.
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